A principios de la década de 1970, los putuntunes arrastraban una profunda crisis por falta de renuevo generacional. No se encontraban personas dispuestas a sustituir a aquellas que durante años venían ejerciendo los personajes. En estas circunstancias tan precarias, ocurrió un hecho que podría haber supuesto el golpe de gracia para esta tradición tan arraigada en Calanda.

Hace 50 años, en 1973, tras la tradicional ceremonia de la lucha del Sábado Santo, la Cofradía del Santísimo se dirige a la iglesia para dar por finalizada la procesión del Santo Entierro. Ante la sorpresa general, se encuentran con las puertas cerradas por orden del cura párroco. Estalla el conflicto.

Siempre ha habido personas que no ven con buenos ojos la participación de la guardia romana en los actos religiosos. Entienden que sus apariciones y ceremonias son poco devotas, contrarias al sentido riguroso y estricto que se debe tener en los días de Semana Santa. Así nos lo relata Mosén Vicente Allanegui en sus Apuntes Históricos, aportando ejemplos de costumbres similares en otros pueblos de Aragón para sostener la idoneidad de la tradición calandina.

Parece que D. Antonio Ferrer Urrios, nuevo párroco desde 1972, fue una de estas personas que se les hizo difícil entender la presencia de los putuntunes en las ceremonias religiosas. Si quería cambiar las costumbres haciéndolas más acorde a sus ideas, el enfrentamiento era inevitable más pronto que tarde. El acta del capítulo extraordinario de nuestra Cofradía del Santísimo Sacramento, celebrado tras la citada Semana Santa (28 de abril de 1973) y presidida por el propio D. Antonio Ferrer como prior de la Cofradía, es el mejor documento existente para mostrar el ambiente de confrontación que se generó.

En dicha acta se percibe claramente la tensión entre los cofrades y el Sr. Cura, y aunque la posición del señor párroco es fuerte, al final ganó la postura de la Cofradía al decidir que “continúe la tradición”. No constan las deliberaciones intermedias hasta llegar al consenso final, pero al comprometerse a que “los que salgan lo hagan con el respeto y compostura” nos desvela que quizás fuera éste el fundamento de las objeciones que D. Antonio Ferrer ponía hacia los putuntunes.

Pero la confianza entre la Cofradía y su prior quedó afectada. D. Antonio siguió siendo párroco de Calanda pero no volvió a asistir a los capítulos hasta 1980 como era su deber. Este es el motivo por el que no existen actas de los capítulos celebrados en ese periodo (1974-1980) al no poder constituirse oficialmente sin su prior, como estipulan los estatutos.

En el texto del acta también deja entrever el origen de la solución que haría revitalizar y salvar la guardia romana de Calanda: se autoriza a Antonio Royo Albesa la gestión de los putuntunes, “el único que le rogó que volviese la lucha”. Sera la persona que encabezará y dirigirá una completa revolución, fundamentada en la feliz idea de que fueran los quintos quienes se hiciesen cargo de representarlos. Con D. Antonio Royo como alma de los puntuntunes renovados, y gracias al continuo apoyo de la Cofradía y al trabajo de otras muchas personas a lo largo de los años, se consiguió que llegue viva hasta nuestros días esta tradición

Marzo 2023