En la cofradía del Santísimo tenemos un carisma sacramental, por lo que nuestra principal finalidad es adorar al Santísimo Sacramento del Altar, siendo el día del Corpus Cristhi la festividad más importante. Sin embargo, desde nuestros inicios hace casi cuatro siglos y medio, también hemos estado vinculados profundamente a la Semana Santa. Ello se debe a que en la semana de pasión también está muy presente la adoración al Santísimo, especialmente en dos actos que hemos celebrado desde muy antiguo.

El Jueves Santo en la Cena del Señor, donde rememoramos aquella última cena en la que Nuestro Señor Jesucristo instauró la Eucaristía, centro sobre la que gira toda la vida de nuestra Cofradía. Por ello, acompañamos al párroco en la consagración portando hachas y después, en la procesión claustral en la que se trasladada el Santísimo al Monumento, también lo escoltamos mientras porta la custodia bajo palio. En este momento culmen de acercamiento al Santísimo, y saltándonos las normas litúrgicas que prohíben música y canto hasta la resurrección de Nuestro Señor, entonamos junto al resto de los feligreses “Venid Adoradores”, nuestro principal himno.

Posteriormente, en el Santo Entierro del Sábado Santo, procesionamos con el Santo Sepulcro donde reposa Nuestro Señor. Aunque parezca lo contrario, este acto también tiene un importante carácter sacramental. Desde el Concilio de Trento (siglo XVI), durante la Semana Santa se han celebrado representaciones religiosas para enseñar al pueblo la historia de la Pasión. Inicialmente se hacían dentro de las iglesias, cerca del Monumento, siendo la más extendida en Aragón el “descendimiento” donde se bajaba al Señor de la cruz y se depositaba en el Sepulcro. Con el transcurrir de los años, se transfirió la sacralidad del Monumento al Santo Sepulcro, confiriéndole el mismo rango que el Santísimo Sacramento. Es por ello que nuestros mayores siempre reverenciaron el paso del Sepulcro como si estuviesen ante la Custodia, tal y como lo recordaba el Padre Mindán en su libro “Recuerdos de mi niñez” al describir el final del Santo Entierro a principios del siglo XX:

“Cuando llegaba el sepulcro del Señor, los tambores callaban y todo el mundo se arrodillaba a su paso en señal de adoración. El sepulcro se situaba en un extremo de la plaza por la parte de la calle Mayor; y por ancho espacio que quedaba en el centro comenzaban a desfilar las peanas y los estandartes, y, a medida que se acercaban al sepulcro hacían tres reverencias en señal de sumisión y acatamiento, y luego se retiraban sin volver la espada; la reverencia de las peanas consistía en que sus portadores las bajaban casi hasta el suelo; la de los estandartes en una pronunciada inclinación hacia adelante. Me producía especial emoción el rendimiento total del estandarte de la Muerte reconociendo la victoria de Jesús sobre ella”.

Y Mosén Vicente Allanegui en sus “Apuntes Históricos” aporta un último detalle que muestra como el Santo Sepulcro y Santísimo Sacramento se les reverenciaba por igual:

“En el centro de la plaza se coloca el palio y bajo aquel improvisado dosel depositan el sepulcro del Señor, ante el cual todas las imágenes tres profundas reverencias.”

Y así, hoy en día, mantenemos nuestro respeto y adoración al Santo Sepulcro permaneciendo de pie y en silencio ante su paso, como también lo hacen los pututunes no dándole nunca la espalda o Lónginos cuando le saluda. Y recobrando una parte de este sentimiento y tradición, desde el año pasado, al final del Santo Entierro los estandartes de las Cofradías hacen la misma reverencia que antaño nuestros mayores.

Por todo ello, para los hermanos de la Cofradía del Santísimo, acompañar al Santo Sepulcro es igual que acompañar al Santísimo Sacramento, es acompañar a Nuestro Señor, no muerto sino vivo entre nosotros.   

«En Vivo» Marzo 2024